Yo soy tu caricia, ese mensaje que esperaste…
Soy el verbo que sale de tu boca
El ritmo de tus piernas, tu quita-dolencias
El acomodador de tus sueños, las puntas de tus estrellas,
Soy el aliento, el frescor, el calor más obsceno,
El susurro pertinaz que se desliza en tu oído…
Yo soy el salto al vacío, saltemos…
Soy y estoy en las líneas de tus manos,
En el valle que se forma entre tu cuello y tus hombros
Soy tu paz y tu guerra, tu noche y tu día,
Soy el agua que calma tu sed, el sol que te despierta,
La sombra que va dentro de tu propia sombra…
Yo soy quien te conoce desde hace siglos…
Soy tu pasado y tu presente, soy tu destino,
El andén del camino, los árboles de descanso,
Soy el grito, el gemido, el disfraz de la confusión,
El intruso desconocido que de pronto te hace sonreír
Soy luz y conocimiento, abrazo y deseo…
Yo soy el mar en el que navegas…
Soy creencia, extremo, pasión, desembocadura,
El lápiz que intenta convertir tu nombre en arte,
Soy esclavo, propietario, parpadeo o beso…
Nunca olvides esto, aunque siempre que lo recuerdes
Yo solo sea un tipo que soñó ser lo que escribía…
Detrás de la puerta el asqueroso vacío tan temido; los discos, los libros, las fotografías, todo eso que redunda más en esta absurda desgracia. Apenas un leve parpadeo que llega desde la ventana, y es hora de acercarse a mirar porque quizá no estemos solos, quizá esta sensación de abandono no es más que una caricatura de la realidad; el parpadeo no es más que alguna luz perdida procedente de otra casa, luz que se asusta de este hedor y que huye como mismo vino, rápidamente.
Tendré que elevar el tono de mi protesta, salir a la calle y gritar a voz en cuello toda esta tormenta, todo este caos lapidario que me consume. Pero por otro lado no sé quién parará a escucharme, las más de las veces se reirán o sentirán pena por algo tan lamentable, por algo tan lastimoso. No, mejor cerraré bien la puerta y me sentaré junto a la ventana a esperar que alguna luz perdida no huela el deterioro y que se quede.
A Susi
Mil veces por semana
deshago el equipaje
al llegar a tu habitación
confirmo las paredes
tanteo las sábanas
me presento a los muebles
me tumbo a tu lado
me ovillo en tu pelo
mil veces por semana
te veo cerrar los ojos
después de cerrar los míos
con un techo atestiguando
un amor de cercanía
mil veces por semana
mis sueños son de barro
me pongo a crear instantes
ahora aquí o allá
pero siempre muy cerca
mil veces por semana
hago que no me doy cuenta
de que tengo que irme
reniego de las prisas
de los trenes y adioses
te pido un poco de manta
y giro al otro lado
para seguir soñando
que todo no es un sueño
mil veces por semana
las semanas se convierten
en años grandes siglos
por delante queda mucho
pero también me quedan
mil veces por semana
para estar contigo
A la niña de mis ojos:
Apogeo de mis sueños, me arropas
con el viento en popa a toda vela
se desvelan con tus besos las tropas
con las ropas que tu ausencia congelan
En el nombre de mi alma te bendigo
y desdigo mis "adioses" futuros
prematuro cariño de testigo
un "sumo y sigo" de mis mundos oscuros
Tu sonrisa es, a mi vida, una puerta
que abierta espera amaneceres
como mañana que alivia al horizonte
Ojos como soles cuando despiertas
cubierta de la vida que esperes
como la lluvia que esperan los montes
Yo y mis sonetos... Nobleza obliga cuando hablo de la sin par señora/señorita que deletrea en alfabeto secreto el "We can" nuestro de los imposibles. A ti, desde este balcón sin altura, desde esta mesa puesta para dos, desde esta sonrisa pétrea que te dedico siempre que te veo cual estatua griega, van estas palabras enlazadas en cuartetos y sonetos porque ya sabes (o sabrás) que soy el peor en lo que mejor hago. No tengas en cuenta mis deslices, ni mis infelices puestas a punto, ni mis asuntos turbios bajos en vitamina D y octanos. Un temazo a guitarra tipo Black Sabbath y una epístola escrita a bolígrafo pueden ser mis dedicatorias, mientras una botella de Gordon es destripada dentro de un vaso. You're the queen of my heart, baby.
“Si alguna vez me suicido, será en domingo. Es el
día más desalentador, el más insulso. A veces
pienso qué haré cuando toda mi vida sea domingo”.
MARIO BENEDETTI “La tregua”
No se ve más que agua tras los cristales. Las gotitas corren de arriba abajo como en una enloquecida carrera y la condensación ya hace estragos: todo está empañado. En momentos así no sé qué música oír; mejor es no oír nada. Simplemente los ladridos de la lluvia en el tejado. No recuerdo nada de ayer, ni de antes de ayer, ni de mi vida. Soy una hoja en blanco que aún no ha sido escrita. Me levanté con esta sensación por la mañana y aún no se ha ido. Pero tras los cristales solo hay agua. Y es domingo. Y no me siento…
Hoy se ha ido Antonio Vega. Para gente como yo, esos que intentamos escribir, ya sea bien o mal, que intentamos desgranarnos de esta forma porque no tenemos otra, fuiste una fuente de inspiración. La vida, que nos revienta a palos a cada paso que damos, la misma que en forma de sonrisa de mujer o de abrazo nos tiende la mano, te ha llevado allí donde escribiste; ¡qué suerte aquellos que ahora te oigan! Buena suerte en tu viaje y gracias por tantas y tantas cosas buenas. Como decías tú en una de esas canciones tan hermosas que escribías: “Ya me basta para tocar el cielo”.
http://www.youtube.com/watch?v=nQuSWqoYJyE
Descanse en paz...
Recuerdo que era de noche, y que entre lluvia y cigarrillos leía en mi cama "El guardián entre el centeno" y que se oía esa preciosa canción, "Some of these days". Se me habían quitado las ganas de plagiar a Robert Burns, ya que los escoceses ni me iban ni me venían, así que opté por perdonarle. Recuerdo el olor del agua de colonia que traía, olor a nuevo, a vida, y como se metía en la cama tras apagar la música y las luces. Sólo me quedaba tirar el panfleto de Salinger a un lado y dejarme llevar por ese torrente de palabras que tenía a mi izquierda. Pero ella quería hablar. Y yo no tenía nada que contar. "No cuenten nada a nadie. En el momento en que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo", decía entre mi centeno Holden Caulfield, así que opté por callarme.
Los prototipos que hemos creado no siempre duran, ni siquiera el que quisimos ver tras el espejo. Salimos a la calle a comernos el mundo, empachados de libros de autoayuda, de clases de spinning, de cultura oriental y nos damos de bruces contra la primera pared que encontramos. Y luego todos a quemar los papeles escritos y a recluir los diarios en los cajones más inaccesibles. No prosperar y punto. Una vida en punto muerto, sin forzar las cosas.
Recuerdo que leyendo a Pirandello (jodido Pirandello) todo cambió. "La vida es mentira y la verdad es teatro. La realidad es una ficción de la realidad" decían esas voces debajo de la cama, o desde la mesa de noche. Con tanta costumbre dan ganas de levantarse y vomitar. Somos todos iguales, hechos de la misma hebra, salidos de la misma miseria y productos de un mismo triunfo. No hay que olvidar que el Demonio también es católico aunque a la inversa.
Si la vida es sueño, cuando despiertas es cuando realmente estás muerto.
POEMAS DE LA IZQUIERDA ERÓTICA.
Oficio de poeta.
Menos mal.
Así, en vez de castigarme a ciegas
con el pasado
y de llorar a solas
puedo sentarme frente a una máquina tan gris como el ambiente
mover los dedos rápido
y decir que todo es una mierda.
ANA MARÍA RODAS
Pasito a pasito, van dos pasos, uno tras otro, siguiéndose, sin alterarse, dos pasos, arrítmicos pero conectados, dirigiéndose a alguna parte, o tal vez no, sólo van dos pasos, un pie que desenfunda arena y otro que le sigue, sin importar su dueño, sin importar derecha o izquierda, porque se siguen, el de atrás de ahora como si estuviese condenado, pero rápidamente el de atrás ahora es el otro, y la condena desaparece o se traslada, y van, pisan, se aproximan, y se cansan, sí, se cansan por el camino, por las incomodidades, se duelen, hasta sangran, ya vendrán senderos más agradecidos, pero es que les duele mucho, aunque valientes no pierden el paso, no se dejan vencer, porque es tarde y duele, y hace frío, así que siguen caminando, esos dos pasos, esos dos pies se detienen. Malheridos pausan sus dolores. Han llegado. Lo demás no importa.
a ver si sale la palabra correcta
la expresión acertada
a ver si sale algo ya manifiesto
algo sentido
a ver si sale decírtelo de golpe
decírtelo poco a poco
a ver si sale oliendo a mi alma
oliendo a mi vida
a ver si sale para que lo entiendas
para que lo cojas
a ver si sale arañando las paredes
a la vista
a ver si sale en forma de grito
o como murmullo
a ver si sale arrastrándose
o con la cabeza alta
a ver si sale esa expresión acertada
esa palabra correcta
pero, mientras sale,
me quedo con tu nombre
Ya no soy incapaz de escribir un poema
tal vez nunca lo he sido
quizá ha sido un leve suicidio
un descenso hacia mis infiernos
para conocer el mal de raíz
para olvidarme de todo
y recluirme entre cuatro paredes
y varias docenas de folios blancos
de lamentarme de lo cobarde que fui
de lo débil que soy
la tristeza no me es propicia
y en los días venideros solo será
un plato de ceniza en mi ventana
ahora solo queda cerrar los ojos
y volver a escupir en las hojas
tantas palabras encadenadas
y arremolinadas en mis venas
aquí entre cuatro paredes
y varias docenas de folios escritos
Tú puntual, yo siempre llegando tarde,
tú entre todos, yo huyendo de la gente,
tú con fe y alma, quiero decir, valiente,
yo conmigo, quiero decir, cobarde.
Tú cuento de Cortázar; yo, recuerdo,
yo mala fotocopia, tú retrato,
tú distante, yo aquí queriendo un pato,
tú pasando el rato, yo soy el que pierdo.
Yo polizón en tus sueños más tristes,
tú, sin dueño, yo lleno de despistes,
tú iluminada, yo como una sombra,
yo acera; tú, camino de Santiago,
yo, como el mar Viudo, tú como un lago,
yo como felpudo, tú como alfombra.
Veinte días que se fueron en hojas de calendario, así, tarde tras tarde, noche tras noche. Las afinidades compartidas y la mirada puesta en ese presente que ya no tenemos, pero que volverá. Veinte días que pasaron como veinte minutos (jodida relatividad del tiempo) pasajeros que se quedarán en donde nunca deben salir: la memoria. Así que nada de despedidas ni adioses, solo un hasta pronto. Y a tu salud.
Ahora que se descose el verano
y por el roto entra un frío nuevo
ahora que la luna viaja acompañada
por las nieblas que le dictan los versos
ahora que los maniquís no nos miran
porque trastean las calles de la ceguera
ahora que el cielo oscurece tatuado
por las agujas que pintan estrellas
ahora que el desván no guarda nada
y de la memoria sacamos los trastos
hechos añicos junto a los espejos rotos
que rompía viéndome reflejado
ahora que el cuento descuenta historias
y cobra al contado sus intereses
ya que en la penumbra hay dos ombligos
veinte dedos dos lenguas cuatro “pieses”
Enemigo del reloj y los espejos
y de los consejos amigos del drama,
abogo por caricias, cosquillas, cama
y estar cerca dentro de nuestro “lejos”
Ni me conformo con estas negras noches
ni le pongo el broche aún a la vida;
camino desandando despedidas
que no se olvidan de todos mis reproches
Necesito no verte más en fotos
ni la postura del loto en tu ausencia…
(de tu cuerpo sabes que soy devoto)
Así, si te atacan las noches tristes
no las despistes ni pidas clemencia:
dile a mi ausencia lo que me quisiste
Con la imagen que tienes ahora
vestida casi de noticia nueva
y de amaneceres
no tengo más remedio que escribirte
tras barrer del suelo los pedazos
de espejos rotos
con la imagen que tienes ahora
figura hecha más de cal que de arena
te voy dando forma
porque te sueño repetida a la noche
porque te llamo y sé que vas oyendo
este nombre tuyo
con la imagen que tienes ahora
mujer del contraste y del despiste
me siento más vivo
así se oirá la risa más futura
cuando por fin todo empiece de nuevo
en palabras nuestras
Quería aprovechar para recomendar a un poeta cojonudo (o por lo menos eso pienso yo) llamado Sergi Puertas. Este poema está extraido de su libro de poemas "Yo tampoco, tú también", y por mi parte, diría que es extremadamente aconsejable a todo aquél al que le gusta la poesía, y si le gusta la poesía real, pues con más razón. Sólo me quedaría decir (para así convenceros del todo) que fue el mismo Émile Boutrox al salir del baño quien me lo recomendó a mí. Por cierto, en www.deabruak.com/sergi/ tenéis varios libros-antologías gratis y descargables, entre ellos el que le da título a lo que escribo, "En el país de los ciegos el tuerto es el politoxicómano" o "Insecto versus parabrisas". No es un tío que deje indiferente.
"Mas, que remedio, no se me dio la oportunidad de elegir.
Yo sólo escribo".
MIRADA
Pudro el entorno con mi mirada, mas cuando la aparto
todo reflorece de nuevo.
Un grupo de gente riendo son cretinos.
Descerebrados entregados a la vacuidad más absoluta.
Basta que deje yo de mirarlos para que se conviertan,
como por arte de magia,
en un grupo de gente riendo.
Así y gracias a la prestidigitación del imbécil,
las mujeres se convierten en criaturas tangibles al tacto mas no al alma
prestas a proporcionarme devaneos, inseguridad, infelicidad; los amigos
en pelmazos sólo tolerables en cuanto me distraen de mí mismo.
Sé que afuera hay gente riendo y mujeres y amigos.
Sé también que no acierto a verlas en el momento apropiado, esto es,
cuando no las miro.
Pudro el entorno con mi mirada, mas cuando la aparto
todo reflorece de nuevo.
SERGI PUERTAS
Un domingo cualquiera, como esos que matarán a mayo, te miraré sin reservas; así podré escribirte algo más puro. Un domingo cualquiera habrán gotas de agua en los suelos, en las calles, en los portales y llegaré mojado de pasados y de lluvias a tu encuentro para aclararte que mi poesía sale así, de lo natural. Un domingo cualquiera, como esos que matarán a mayo, puede que ni me recuerdes o puede que ni me conozcas o puede que todo no sirva para nada… Pero te pediré que me dejes seguir mirándote como si todo no fuese con nosotros en un domingo cualquiera.
Pro loco et tempore
Me asomo a la parte trasera de mi casa, la que da a la colina, cuando el sol va muriendo a menos de dos kilómetros de mí. El vecino de al lado, me han dicho, ha muerto. Por lo visto la presión y las deudas le pudieron y acabó colgándose de una viga del techo. "Ya era hora", pienso inamovible. El pasto apenas rueda con el viento, y una bandada de pájaros graznean y vuelan hacia el norte. Prendo un cigarrillo mientras se termina de hacer la comida y la volutas de humo son un tinte más en el paisaje. Aunque no lo crean, me siento indiferente ante lo que veo, y es algo que me turba, dado que siempre vine aquí cuando quise ser feliz. Los tiempos cambian, supongo. Y nosotros también. Me contaron que Ariadna ya volvió del hospital; tendré que ir a verla. No sé cómo habrá llevado el estar encerrada en ese claustro de enfermos y de locos. Desde siempre ha sido algo neurótica. Por eso creo que retrasaré mi visita.
Me llaman de adentro. La colina, como imaginaba, sigue en su sitio. El sol se ha ido con la promesa de volver, y en lo alto del cerro una pareja corretea ajena a mis tormentosos pensamientos. Es hora de entrar. La comida se enfría y el hambre es lo poco que me va quedando.
Son pasadas las doce de la noche. Friega por tercera vez los platos y los vasos porque a él quiere verla trabajando siempre que llega a casa. “Maldita sea mi vida” – piensa, “maldita sea mi suerte”. Nunca se le ha pasado por la mente culparlo, él la quiere pero a su manera. Toda la culpa es suya. Ya ni siquiera se seca las lágrimas porque ya ni siquiera llora. Repasa la loza mientras repasa todos estos años. “Por lo menos los niños están durmiendo”- vuelve a pensar para sí. Al principio fue maravilloso, con detalles, con regalos, con cenas, con atenciones. Todo fue decayendo, o evolucionando, tal vez. Hasta que un día se dio cuenta de que le prestaba más atención a las noticias que a ella. “Ya no le gusto, ya no me quiere”. Cargar con ese peso ha terminado por partirle la espalda. Luego llegaron los embarazos, los partos, los lloros, y el quehacer diario con sus venidas a menos. El estancamiento. Luego sus salidas nocturnas, su olor a alcohol y a otras mujeres, su malhumor… y sus palizas. Ni siquiera recuerda ya la primera, o quiere no recordarla, porque si se adentra en su dolor las recuerda todas, con pelos y señales… Son pasadas las doce de la noche. Mientras friega por cuarta vez los platos y los vasos oye la puerta de la calle que se abre. Poco a poco la casa va oliendo a alcohol, a otras mujeres, a malhumor… y también llega un tufillo a miedo.
Son más de la una de la madrugada. Yace en el suelo de la cocina; un suelo de la cocina que distorsiona terriblemente con los platos y vasos impecables. En la encimera todo correcto, todo en su sitio, pero el suelo es un amasijo de sangre, saliva, pelos y asco. Esta vez (como muchas tantas) no sabe el motivo, tal vez eso ya ni importe. Los niños ni se han levantado (menos mal que han seguido su consejo). Cogiendo fuerzas para levantarse llega el cansancio. “Se acabó”. Nunca dos palabras le habían sonado tan bien, tan reconfortantes, ni siquiera aquéllas que él hace siglos le dijera: “te quiero”. Después de unos minutos y de un esfuerzo doloroso consigue apoyarse en la nevera. No quiere mirar el suelo, esta vez no. No quiere mirarse tampoco a espejo, no quiere ver más rastros de él en sí misma. Son más de la una de la mañana. Él incluso duerme ya. Mientras se dirige a su habitación, aprieta cada vez más el mango del cuchillo.
Son más de las dos de la madrugada. Hace unos cinco minutos que por fin duerme tranquila. Sabe que la policía no tardará llegar, pero no se privará de este exquisito placer. Sueña con que vuela, con que el cielo es suyo, sueña que atraviesa nubes y que es por fin libre. ¿Por qué le había sido tan difícil respirar todos estos años? Qué liviano deja a uno la ausencia de culpabilidad. Y duerme. Ni siquiera el dolor de su cara reventada a golpes le impide que duerma. Ni siquiera el golpe en la columna, ni el dolor de los brazos. Ni siquiera la imagen de él al despertarse, esos malditos ojos abiertos expresando miedo ante ella por primera vez. Son más de las dos de la madrugada. Menos mal que los niños no han salido de su cuarto. La puerta de la calle se viene abajo.
TANKA 10
Cuando pensaba
que el Cielo se había
hecho pedazos
me das en un abrazo
más de lo que tenía
Podría considerarse un pueblo muy romántico, con su tranquilidad y sus niños en la plaza de la iglesia correteando en las tardes. Lo que se adivina desde mi ventana y, a pesar de mi cansancio, es lo otro. Veo a Juan Yanes, el peluquero, que arrastra pesadamente la puerta hasta conseguir cerrarla, después de otro día con una lástima de clientela y sin tener quién le espere a su vuelta a casa. Sus ojos denotan hastío, pero un hastío triste, desde el mismo día en que amaneció y su mujer no le llamó para el desayuno. Veo a Joaquín Serra, el patibulario progresista de izquierdas a quien todo el pueblo adoraba e idolatraba, consumirse vagamente tras la ventana del piso de enfrente en una cama sucia de hostal barato con las venas y la sangre podridas por la mierda y la heroína. Ni siquiera le quedan dientes. Veo a Sergio Gómez, “el limpio”, ése que iba de cabeza al seminario a dedicar toda su vida a un estado monacal y de limpieza de espíritu del brazo de una puta traída tal vez de algún callejón sucio de tres pueblos más allá, tal vez de la ciudad. Veo a Edelmiro Ortega, el alcalde, salir de su lujoso coche con chofer incluido y dirigirse al restaurante de Dino Sarecca, el italiano, para reunirse tal vez con algún trapero cómplice que lo unta por líos inmobiliarios, y que mientras avanza por la acera se pregunta por qué su mujer no aparece por casa desde hace dos días e ignora que ésta está aún en los brazos del tarzán de turno que dos ediles le han proporcionado a cambio de un suculento pellizco. Veo a las gráciles gemelas Millán, angelitos que vuelven borrachas a casa después de pasar la tarde en la parte trasera de los billares esnifando cocaína y probando cuán cómodo es el tapete que les hace de cama mientras el dueño del negocio les pasa la factura. Sí, puede considerarse un pueblo muy romántico. Pero yo tengo cansancio y, como ellos, me siento solo. Además, chispea.
Podría sonar como un arrebato placentero cual cigarrillo sobre el almuerzo sentado a la sombra de un potente árbol, o de otro lado, sonaría como un estúpido antifaz o careta que me pongo para disfrazar lo poco cuerdo que va quedando. Simplemente, con una ojeada sin soslayo al espejo, sin un paréntesis estéril que separe la verdad misma, todo queda retratado. Porque busco eso, la vida normal dentro de un mundo normal, estar cabizbajo cuando toque sin más. Todo el pretérito es humo solidificado en la mente, va quedando atrás no como un aprendizaje, sino como un lastre, una bola de presidiario atada al tobillo, a un tobillo cada vez más débil. En un punto así, cansan los tecleos, las rúbricas, el escribir, pesan los folios, la tinta, las palabras, todo se convierte en un ruido murmurado, un susurro sin sentido ni vista hacia delante. ¿Me torno de nuevo al espejo? Ahí está, esa cara desconocida que es de alguien visto por otro alguien, sin saber si pertenece a sus ojos los ojos en los que se refleja. Bien, es todo muy complejo, o no, tan siquiera es lo de antes, niebla dañina que embota y revienta.
Los otros están de más justo ahora. No les encuentro sitio ni siquiera al escribir estas palabras. Lo cierto es que la soledad es atractiva hasta que se convierte en una furcia, hasta que nos abandona sin la mínima despedida. Por eso este soliloquio parlanchín de saliva a la deriva, por eso este encontrarme tan de repente, tan en serio, por eso tanta dádiva limosnera con los frutos de mí mismo. Porque necesito ese aire.
Mi ingenio y mis caprichos
mis dichos retratados
mi espejo ovalado
mi reflejo en entredicho
mi “why not” en la sombra
mis lloros sin pañuelos
mi techo pared suelo
sin pelos en la alfombra
mi (o no) con yo mismo
mi abismo profanado
mi dulce semisalado
mis mil pesimismos
mis cuentos hiperbreves
mi nieve en los sonetos
que lleven los tercetos
repletos de relieves
mi “por donde he venido”
mi “corto el bacalao”
mi ruido con el “chao”
mi “ahora me despido”